viernes, 16 de julio de 2010

La ira.

Horrible me siento; pues mandaría a aquel a la hoguera, como tal mandó a mi corazón al fondo de la agonía. Creyó con ignorancia, que de verme tan quebradiza y con falta de carácter con respecto al amor, podía hacer de mí lo que se le plazca. Sádicamente, celebré el hecho de saber que su creencia era errónea; sí, sádicamente, porque yo acompañaba sus pensamientos con alma y vida, y ahora, que me siento tan estúpida y inexplicablemente iracunda conmigo misma y también con eso que hizo que mi pensamiento se irrumpiera en su integridad, escupo con asco eso que algún día amé con devoción.
“Del amor al odio hay un solo paso”, me citaba mi hermana. Me aferro a esa frase que expresa lo que siento en este momento; explica precisamente la palabra odio. Odio, es lo que siento, después de ser literalmente engañada. No a infidelidad –o eso supongo – si no, engañada en la manera de que expresaron eso que era tan puro, convirtiéndolo en palabras insignificantes y sin razón. También culpa tengo, por creer éstas palabras y darlas como ciertas a la primera vez que éstas fueron dialogadas. Enojada, me encuentro, por dar de mí todo lo que fuera necesario, desviviéndome por aquello que no valió la pena y por amar incondicionalmente.
Adoraría ver que aquello que hizo oídos sordos ante mi converso, sufra todo lo que estoy padeciendo en este momento. Que sienta lo que es ver que la esa persona que creyó que estaría a su lado cuando más lo necesitara se valla, y deseo, con todo mi corazón, que ésta persona le pague con la misma moneda que aqueste me pagó a mí.




Rota, enojada, con IRA. De esta voy a salir bien, estoy segura.

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