miércoles, 7 de julio de 2010

Eso que llamo Divinidad.

Tener una conversación con aquel que entiende mi persona, es mejor que cualquier cosa. Sintiendo, expresando y siendo lo que soy -por fin-, es lo que se llama perfección.
Perfección, sí, característica que solos dos cosas comparten; ese sentimiento que le presto al estado en el cual mi yo interior sale a la luz, después de tanto tiempo en la oscuridad. Y por último, la perfección que encuentro en el alma de aquello que llamo "mi divinidad", por tener aspecto de algo duro, estoico, pero teniendo el corazón tan frágil, deseable, sereno y hermoso en su totalidad; por sentir lo mismo que yo, algo que nadie pudo hacerlo. Mi divinidad lo nombro, por verlo tan insólito e irrevocablemente delicioso en el don de la palabra, forma de ser y físico. Puro, lo indentifico, ya que en su diálogo encuentro sinceridad profunda, pretendiendo hacer las cosas para mejor.
Y confieso: ésta sensación es extraña para mí, una sensación que nunca conocí. Una sensación extraña, codiciada y preciosa que irradea una luz impactante, inspiradora y que me hace amarla desde lo más porfundo de mi ser.

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