sábado, 26 de junio de 2010

Era Domingo.

Recuerdo todo, todo aquello que pasó en mi vida, teniendo en cuenta cada cosa, cada detalle. Recuerdo eso que me hizo llorar, eso que me hizo sonreír; como cuando mi madre me regaló un Jazmín, explicándome la belleza interior de cada persona, comparándola con la flor delicada. Siempre usando palabras fáciles para una nena de cinco años, metiéndose en mi mente, e imaginándose lo que yo imaginaba, lo que yo creía.

La miraba con fascinación, cuestionándole con credulidad sus frases largas, mientras ella mentía para seguir metiéndome en un mundo polícromo. Yo la seguía, ella insistía, amándome desde mis piecitos hasta mi cabecita con capucha amarilla, esa capucha de mi impermeable amarillo.

Recuerdo que fuimos a caminar, con su cara agotada, porque ella había terminado una discusión fuerte con mi padre. Lloviznaba, estaba el viento que quebraba la piel de mi boca, y no había gente en la calle. A mí no me importaba, solo quería escucharla. Ella, aún así estando triste, me sonreía, y me hablaba, y yo deleitaba su pasión por la palabra, mirando como también, sus manos, ayudaban a hacerme entender.

Todo comenzó por el pequeño jazmín, y para concluir mi memoria, esa tarde, cuando todo era gris y las oraciones -en mi mente- danzaban, era un Domingo.


Alagando a mi madre.

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