La miraba con fascinación, cuestionándole con credulidad sus frases largas, mientras ella mentía para seguir metiéndome en un mundo polícromo. Yo la seguía, ella insistía, amándome desde mis piecitos hasta mi cabecita con capucha amarilla, esa capucha de mi impermeable amarillo.
Recuerdo que fuimos a caminar, con su cara agotada, porque ella había terminado una discusión fuerte con mi padre. Lloviznaba, estaba el viento que quebraba la piel de mi boca, y no había gente en la calle. A mí no me importaba, solo quería escucharla. Ella, aún así estando triste, me sonreía, y me hablaba, y yo deleitaba su pasión por la palabra, mirando como también, sus manos, ayudaban a hacerme entender.
Todo comenzó por el pequeño jazmín, y para concluir mi memoria, esa tarde, cuando todo era gris y las oraciones -en mi mente- danzaban, era un Domingo.
Alagando a mi madre.
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