Miré el cielo. Estaba gris. Estaba triste pero tenía esa tendencia a ser anaranjado. El cielo estaba triste, pero quería ser anaranjado. Quería ser felíz.
Los pájaros, en manada, volaban y volaban en círculos, mareándome. Ayudaban al cielo triste a volverse anaranjado.
Había un vientecito lindo, tan lindo vientecito que hacía que danzaran las ramas de los árboles a punto de despertarse. Todavía era invierno.
Yo apoyé mi frente contra el ventanal, mientras que mi colita pidió permiso al suelo para no dejarle respirar por un momento.
Estaba el vientecito llorón que siempre me contaba que estaba triste porque tenía frío. Su mamá le había dicho que ya el aliento de padre, que le pega a las manos de sus hijitos cuando estas están heladas, volvería. El día estaba pesado, y es por eso que el cielo estaba triste.
Yo quería café, pero el suelo no quería respirar, todavía. Me obligó a que no me moviera, ya que estaba cómodo, como yo.
Y de repente, un pajarito se posó en mi jazmín, me miró y me cantó, sonrió, le sonreí y se fue, porque tenía que ver a sus hijitos, que me prometieron venir a casa a tomar un té con leche.
Majestuoso...
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